Parque Central Cd. Juárez

lunes, 16 de febrero de 2009

¡CUANDO ÉL QUIERA!

“El Señor dará fuerza a su pueblo;
el Señor bendecirá a su pueblo con paz.”
Salmo 29:11

Hace un par de semanas, un jueves por la tarde, con un clima excelente para ser febrero, conducía yo por la Casas Grandes rumbo a Jilotepec. Al llegar al cruce con Montes Urales, esperando la luz verde para poder dar vuelta a la izquierda, se acercaron dos muchachas de una iglesia cristiana pidiendo apoyo para un viaje misionero. Sentí gusto y mientras buscaba algunas monedas que darles, les pregunté: “¿Cuándo viene Cristo?”
La Palabra nos informa que debemos estar atentos a su regreso. ¡Velad! es una de las instrucciones; velemos, no sea que estemos dormidos o distraídos aquél día prometido en el que le veremos tal como Él es.
Días mas tarde, en sentido contrario, rumbo al centro de la ciudad, en esa misma cuadra, un hombre yacía en el asfalto, cercado por llantas para desviar el tráfico. Pensé que había sido atropellado. Sentí dolor. Cuando leí las noticias resultó que el hombre, que viajaba con su mujer encinta, era perseguido y al ser alcanzado, para protegerlos, salió y se alejó del auto y fue asesinado por una cuadrilla de bellacos. ¿Cuándo viene Cristo?
La misma pregunta formulada en dos episodios lejanos; uno de vida y entusiasmo, y otro, con la amargura de la violencia; ambos a unos metros de distancia y yo asomado a la misma ventana y por gracia, acompañado por el mismo Dios.
Cuando le hice la pregunta a las muchachas, respondí mentalmente: “Cristo viene pronto” como si me quisiera adelantar a la respuesta y esto lo anhelé porque es nuestra mayor aspiración.
Pero una de las dos muchachas, vivaz y sonriente, respondió sin apenas pensarlo y con toda certeza: “¡Cuando Él quiera!” Me encantó la respuesta. Vi en esas tres palabras todo el alcance de Su poder antes de dar la vuelta gozoso rumbo a la espera.

Antonio CANCHOLA CASTRO

miércoles, 11 de febrero de 2009

¿Felices por la muerte de Sicarios?

El día de ayer los miembros del Ejército Mexicano mataron a 14 presuntos sicarios en los campos entre Samalayuca y Villa Ahumada. Estamos muy de acuerdo que como ciudadanos debemos respaldar las acciones del Ejército y agradecerles que arriesguen sus vidas por el País. A la vez, debemos honrar al soldado que aparentemente murió. No tengo la menor duda de que actuaron de la manera que era necesario aunque esto haya resultado en la muerte de estas 14 personas que justo acababan de asesinar a otros 6 hombres. Sin embargo, la noticia provocó una respuesta de alegría y hasta fiesta entre los lectores del Diario de Juárez. El comentario general era en el sentido de que era muy bueno que se acabara con esa “lacra” (esta fue la palabra predilecta de los que comentaron).


Aunque este suceso es una victoria para el Ejército Mexicano y una derrota para las fuerzas del mal, debemos reconocer que la muerte nunca debe ser motivo de fiesta o alegría. Es lamentable que esta gente vinculada al narcotráfico ande haciendo lo que anda haciendo. Ejecutando personas todos los días, haciendo un espectáculo público de su prepotencia e impunidad. Matando inocentes porque se atravesaron en su camino y en general jactándose de hacer todo tipo de mal. Todo mundo sabe que iban a terminar como terminaron; sin rendirse, implacables y arrogantes cayeron bajo las balas de los soldados que en este caso demostraron no solo ser mejores sino, tal como lo establece la Biblia, agentes de la justicia divina. Pero aún así, todo esto debería llevarnos a una sobriedad muy profunda y a un lamento por el derramamiento de más sangre, aunque haya sido de probables sicarios. Estos hombres debían ser traídos a justicia, pero Cristo dice que no desea la muerte de ningún hombre, sino su arrepentimiento.


Démonos cuenta de lo que está sucediendo en nuestro País. Esto no debería estar pasando. ¡México no debería ser un País en donde 14 hombres armados llegan a un poblado y levantan a 9 personas para ejecutarlas! Que luego llegue el Ejército y los sorprenda y los sicarios recojan las consecuencias de sus crímenes no elimina la pena de darnos cuenta la condición de nuestro País. ¿Se hizo justicia? Tal vez, solo Dios lo sabe. Pero cómo hubiera querido que este incidente ni siquiera nos lo hubiéramos imaginado posible. Para mí no es motivo de alegría, sino de pena. Pena por México, pena por mi País, mi estado y mi ciudad que ya cuenta los días en base a la cantidad de muertos.


Le sigo pidiendo a mi Señor que establezca su justicia firmemente en nuestro País, pero junto con ello le pido que en su ira, se acuerde de tener misericordia. ¡Oremos por un México de legalidad y justicia en donde reine el temor de Dios!