Parque Central Cd. Juárez

viernes, 29 de enero de 2010

La Puerta Trasera

Quisiera compartir con ustedes este excelente editorial de Sergio Madero Villanueva que apareció en la Sección de Opinión del Diario de Juárez el domingo 3 de enero del 2010

En esta época del año mucha gente aprovecha para pasar unos días fuera de casa, aunque este año ha sido particularmente difícil para la economía de prácticamente todas las familias y muchos tienen que buscar la manera de acomodar los planes al presupuesto o hacer un buen plan para pasarla en casa.
Alguien me comentó que había encontrado una manera de satisfacer las expectativas de su familia sin afectar gravemente su cartera. Sus hijos quieren conocer un parque de diversiones cuyo precio ciertamente está fuera del alcance de la inmensa mayoría, un día de visita para una familia de cuatro personas requiere invertir cerca de trescientos dólares tan sólo en boletos de entrada.
Este amigo me dijo que había conocido a una persona que le dio el teléfono de otra quien al parecer trabaja en el parque y la cual por la módica cantidad de cien dólares puede “arreglar” la entrada por la puerta posterior del parque. Haciendo las cosas de esa forma lograba que le cuadraran los números y podría satisfacer el deseo de sus hijos.
Le comenté a mi amigo que no me gustaba el mensaje que le estaría mandando a sus hijos en caso de entrar al parque de esa manera, les estaría demostrando que en nuestra sociedad hay forma de hacer las cosas “por la puerta de atrás”, sacando ventaja sobre los demás. No sólo se trata de burlar a los dueños del parque que no reciben el precio fijado por el ingreso, sino que ya una vez adentro resulta que el que ingresa clandestinamente es “más listo” porque puede disfrutar de las mismas cosas sin haber tenido que cubrir el precio como los demás. Me parece que de esa forma inicia una convivencia con conductas que nos son nocivas.
No soy sociólogo (la verdad quería ser cátcher) pero me parece que los mexicanos somos proclives a ver la vida de esa forma, como que una gran cantidad de nosotros considera “las vías alternas” para satisfacer sus aspiraciones. Es así como se explica la existencia de la industria de la piratería tan activa y redituable en nuestro país. Lo peor es que la inmensa mayoría de quienes compran productos piratas considera que no están haciendo nada malo, simplemente se están dando gusto de poseer un disco, una película o una prenda que de otra forma les sería difícil adquirir.
La cuestión es que nos vamos acostumbrando a vivir con esas actividades ilegítimas, a tolerarlas e incluso a defenderlas. Hay quien justifica la venta de piratería con el argumento de la falta de empleos formales, lo cual es cierto pero un mal no se remedia con otro mal. Además el vendedor del semáforo es tan sólo el “punto de venta” de una red de complicidades que forma una “gran empresa” que le deja a unos cuantos ganancias exorbitantes.
El caso es que si le enseñamos a nuestros hijos que existe una “puerta de atrás” para acceder a cosas mejores sin tener que cubrir los requisitos estamos incrementando y eternizando nuestros problemas de sociedad insegura.
Es esa convivencia con la ilegalidad la que nos ha llevado a la situación que afrontamos. Hace unos días El Diario reprodujo una nota de James C. McKinley Jr. y Marc Lacey en la que se habla de cómo el dinero proveniente de actividades ilícitas inunda nuestra frontera.
Me llamó la atención cuando señala: “En México, el dinero es relativamente fácil de lavar… los cárteles de drogas siguen adquiriendo propiedades, negocios, automóviles, joyería y otros lujos en efectivo sin que se levante ningún reporte de actividad sospechosa para dirigirlo al Gobierno”. Quienes hemos vivido en la frontera conocemos de estas cosas.
Mi papá me dice que en sus tiempos los que se decidían por traficar renunciaban a una vida normal y se tenían que ir “pa’l monte” de donde si acaso bajaban un par de veces al año, siempre por las noches, para ver a su mamá y traerle algo de dinero.
La cosa empezó a cambiar a partir de los ochentas cuando se hizo común que se pasearán como sin nada en sus carros último modelo con vidrios polarizados. Luego llegaron a comprar o construir residencias por las que pagaban mucho más de su valor real, se metieron a comer y tomar en los mejores lugares donde pagaban las cuentas siempre en efectivo, sin revisar y dejaban cuantiosas propinas. Y su dinero fue siempre bien aceptado.
Nos acostumbramos a vivir ese tipo de relaciones. Los joyeros no ponían objeción cuando les llevaban cachas de pistola para que las bañaran de oro y les incrustaran piedras preciosas, simplemente cobraban más por su trabajo porque además sabían que no habría objeción en pagarlo.
McKinley y Lacey refieren: “Los cárteles también lavan dinero mediante empresas aparentemente inocentes, como un car wash en Guadalajara…”, ciertamente tuvimos noticia o sospecha de que muchos de los nuevos negocios, restaurantes y antros eran propiedad de estos nuevos “señores de negocios” pero se permitió su apertura y operación e iniciamos a frecuentarlos. Incluso los grandes señores de los negocios tradicionales hicieron tratos con ellos para surtirles la cerveza y los licores.
Hace tiempo mi amigo Armando me envío un mensaje que narraba lo ocurrido en un pequeño pueblo de Estados Unidos. En una tienda de conveniencia propiedad de unos musulmanes un surtidor de cerveza llegó a dejar su mercancía, mientras le recibían los papeles en la televisión retransmitían las escenas del atentado contra las torres gemelas. El repartidor hizo un comentario sobre lo horrible del hecho a lo que uno de los musulmanes respondió que los americanos se lo habían buscado por su política imperialista. Eso originó una discusión entre el cervecero y los tenderos que terminó cuando el primero decidió retirarse llevándose el producto que debía surtir.
En su camino de salida se encontró con el repartidor de refrescos a quien le comentó lo acontecido y quién también decidió retirarse sin entregar el producto, no sin antes dejar en claro a los tenderos el por qué de su decisión. El repartidor de cerveza llamó a su jefe y le explicó lo ocurrido, el patrón lo apoyó y llamó a los tenderos para avisarles que su cuenta con la empresa cervecera quedaba cerrada. Luego habló con sus amigos de otros negocios que también le vendían a esa tienda.
En pocos días todos los proveedores habían roto relaciones con esos tenderos a quienes no les quedó otro remedio más que cerrar la tienda e irse del pueblo.
No me voy a poner a hablar sobre la política, el racismo o el nacionalismo de los gringos, ni tampoco sobre la forma en que los musulmanes ven la vida porque no entiendo nada de eso. Lo que quiero dejar es cómo la decisión de una sola persona, el repartidor de cerveza, pudo sacar de un pueblo a personas que consideraban no deseables para el mismo.
Como no todos somos repartidores de cerveza tenemos que buscar la forma en la que sí podemos incidir para que nuestra sociedad mejore. Me parece que la inicial es la de inculcar en nuestros hijos los valores correctos y no enseñarles a entrar por la puerta de atrás. Para ello puede serle de utilidad el folleto “Familia Valiosas” que hace tiempo editó la Secretaría de la Función Pública y es una guía para construir un código de conducta al interior de cada familia. Se lo envío en su versión electrónica si es tan amable de mandarme un mensaje a yhablandode@gmail.com, y le pido que al recibirlo lo comparta para extender sus beneficios.
No me resta sino agradecerle por su amabilidad de prestarme atención en este año que inicia y la oportunidad que me da El Diario de seguir en contacto como lo estuvimos en los cincuenta y dos domingos del 2009. Mis sinceros deseos de que el año que inicia sea el mejor de su vida y de que nos reunamos en una próxima ocasión para encontrarnos hablando de…